El miedo utilizado como elemento político

Ha vuelto a suceder, de nuevo el miedo utilizado como elemento político, en esta ocasión la distancia nos permite cierta perspectiva. John Carlin, escritor y periodista, nos señala que no es la primera vez que un político utiliza el miedo para conseguir sus objetivos. Lo ha hecho Trump, lo hizo Uribe en Colombia con el no a la paz y Nigel Farage con el Brexit.

Naomi Klein lo advierte también en la Doctrina del Shock, donde revela cómo grandes abusos en la implantación de determinadas políticas, suelen ir precedidos de un estado de shock o conmoción en la sociedad civil que vive acechada por miedos y vaticinios catastrofistas.

En esta misma línea, Umberto Eco nos indicaba en su conferencia Construir al Enemigo que “Tener un enemigo es importante no sólo para definir nuestra identidad, sino también para procurarnos un obstáculo con respecto al cual medir nuestro sistema de valores y mostrar, al encararlo, nuestro valor. Por lo tanto, cuando el enemigo no existe, es preciso construirlo.”

Las referencias históricas son numerosas, desde Cicerón a Hitler, muchos dirigentes han utilizado variantes de la misma fórmula. En primer lugar, el político identifica una población objetivo a la que quiere atraer, preferentemente desencantada o perjudicada por la coyuntura. Después, se trata de construir y difundir juicios sobre un determinado colectivo o pretexto que suponga una amenaza para dicha población. Estos juicios generan miedo. El líder se erige como portador de la solución y, finalmente, recibe el apoyo incondicional de los receptores de su discurso.

¿Qué sucede desde una mirada ontológica?
En las situaciones comentadas, los destinatarios las campañas han pasado por dificultades que hacen que su estado emocional les haga más sensibles a las amenazas. Sus juicios y creencias les llevan a dirigir la mirada a las situaciones menos favorables.

En estas circunstancias, los juicios proclamados por el candidato no necesitan estar fundamentados, pueden ser generalizaciones, visiones polarizadas o catastróficas de la situación. Atribuyen etiquetas negativas a determinados colectivos o personajes para erigirlos en enemigos de los cuales es necesario protegerse. La expresión vehemente e histriónica, potenciada a través de los medios y las redes sociales, contribuye a la credibilidad.

Ante tal avalancha de “información”, la mayor parte de la población no podrá (por carencia de recursos reales efectivos), no sabrá (por falta de conocimientos) o no querrá (por su propia actitud) indagar, analizar y contrastar la fundamentación de los mensajes recibidos. Esto les lleva a “comprar”, sin cuestionarse, los juicios y etiquetas que han escuchado o leído.

En ese momento, ante las amenazas “ciertas”, se dispara el miedo, se percibe al aspirante como única vía de salvación y lo eligen como portador de la esperanza en un futuro mejor que tomará las medidas necesarias para defenderles del enemigo o el sistema.

¿Qué pasa en los otros sistemas en los que habitamos?
Hemos iniciado la reflexión en el ámbito de la gran política, pero ¿qué sucede en nuestras empresas? ¿en nuestras familias? ¿en nuestros equipos? Podemos parar y reflexionar.

¿Tenemos cerca líderes en el entorno laboral que gestionen a través del miedo? (los enemigos pueden ser la competencia, la regulación, el mercado, la coyuntura, la dirección, los sindicatos, otras áreas de la empresa…) ¿contrastamos opiniones? ¿utilizamos el miedo para tomar decisiones en nuestras familias? (lo que permitimos o no a nuestros hijos, cosas que compramos o decisiones que tomamos en función de lo que leemos-vemos en los medios y en las redes) ¿desde qué emociones tomamos las decisiones?

Vivimos en un mundo progresivamente más complejo, más interrelacionado, con más fuentes de información, y nuestras capacidades para analizar lo que sucede no siempre han evolucionado de forma paralela. Esto limita significativamente nuestra capacidad de reevaluar los estímulos que percibimos y de ser capaces de encontrar la emoción que nos permita escoger en el sentido que necesitamos.

Para asumir la responsabilidad de nuestras decisiones será indispensable seguir aprendiendo de las experiencias propias y de las ajenas, hacer un esfuerzo por fundamentar nuestras opiniones y aumentar nuestra inteligencia emocional.

Artículo original publicado por Lluis Miró en EEC